Nº 0964 - EL CABOCLO DE MAYA - SÉRIE: EN ESPANHOL

 


En el principio, cuando el mundo aún estaba aprendiendo a ser mundo, cuando las aguas no sabían si eran dulces o saladas y la tierra aún tanteaba buscando su forma, nació él  no de vientre, no de huevo, no de semilla  sino de la propia necesidad que la isla tenía de existir.

El Caboclo de Maya emergió de la espuma de una ola que nunca debería haber roto, nacida de una marea que desafió a la luna, en una noche en que las estrellas cayeron en el océano y quedaron atrapadas entre la sal y la arena. Surgió mojado de eternidad, con ojos que contenían todas las tonalidades del verde  desde el verde musgo de los manglares hasta el verde esmeralda de las aguas profundas, pasando por el verde jade de las hojas nuevas del manglar y el verde fantasma de la fosforescencia marina.

Su cuerpo no es carne, aunque lo parezca. No es agua, aunque fluya. No es árbol, aunque tenga raíces invisibles que penetran cada grano de arena de la isla. El Caboclo está hecho de savia y misterio, de leyenda y brisa marina, de tiempo líquido y sueños solidificados. Cuando camina  y camina, sí, aunque sus pies nunca dejen huellas  el sonido que hace es el susurro de mil hojas tocando las olas.

Cabellos largos y salvajes, tejidos con algas negras y raíces aéreas, caen en cascada por su espalda como cataratas de agua. En ellos viven pequeñas criaturas: cangrejos azules que brillan en la oscuridad, libélulas que nunca se posan, peces minúsculos que nadan en el aire como si fuera agua. Su pecho ancho está marcado por cicatrices que no son heridas, sino mapas  cada línea cuenta la historia de un manglar nacido, cada curva narra la saga de una duna erigida, cada punto marca el lugar donde una criatura mágica tocó por primera vez las arenas de Mayandeua.

Él no es rey, pues los reyes gobiernan. No es dios, pues los dioses comandan. El Caboclo de Maya es guardián, protector, curador, tejedor de los hilos invisibles que mantienen a la isla respirando entre lo real y lo encantado. Él es la propia conciencia de Mayandeua manifestada en forma que camina, piensa y cuida.

Su morada no es palacio ni templo. Es el corazón pulsante del mayor manglar de la isla, donde las raíces se entrelazan formando catedrales vivas, donde el agua salobre murmura secretos, donde la luz verde filtrada por las hojas pinta el mundo con tonalidades de ensueño. Allí, en un trono que es apenas un tronco caído cubierto de musgo luminiscente, él se sienta en meditación profunda, sintiendo cada pulso de la isla como si fuera su propio corazón latiendo. Pero el Caboclo no permanece inmóvil. Él camina. Por las playas desiertas en las noches sin luna, sus pies fantasmas tocan la arena dejando apenas un brillo fosforescente que se apaga en segundos. Por los túneles secretos bajo las dunas, donde corrientes subterráneas cantan canciones olvidadas de carimbó. Por las copas de los árboles torcidos donde el viento cuenta historias que nadie recuerda ya. Él patrulla, vigila, cuida, juntamente con todas las princesas de Maya.

Y su principal misión la razón por la cual la isla lo soñó para existencia  es guardar los secretos líquidos de Mayandeua. Porque Maya no es apenas arena y mar, no es solamente manglar y duna. Maya es repositorio de misterios tan antiguos que preceden a la memoria humana. Secretos disueltos en el agua salada, conocimientos enterrados en el lodo de los manglares, sabidurías codificadas en el patrón de las olas. Y cada uno de esos secretos es una gota de savia en el corazón del Caboclo, un hilo verde pulsando en sus venas de agua dulce y salada.

Fue él quien enseñó a la primera tortuga el camino de vuelta a la playa donde nació. Fue él quien sopló vida en los primeros corales que construyeron los arrecifes protectores. Fue él quien plantó las semillas imposibles que germinaron en los lugares donde nada debería crecer  árboles de raíces de plata que beben luna en vez de agua, flores que florecen apenas cuando nadie está mirando, frutos que curan no el cuerpo, sino la nostalgia.

El Caboclo de Maya no envejece porque él es el propio tiempo de la isla. No enferma porque él es la salud que cura. No muere porque él es la vida que persiste. Pero eso no significa que sea invulnerable. Hay cosas que pueden herirlo, aunque sean raras y terribles. Cuando un árbol antiguo es derribado sin necesidad, él siente como si un dedo fuera arrancado. Cuando petróleo mancha las aguas, vomita savia negra por días. Cuando la codicia humana clava estacas en la arena sagrada, sangra rocío amargo. Cada herida en la isla es herida en él, cada violación de la naturaleza es cuchilla en su carne líquida.

Pero el Caboclo no se venga. No es su naturaleza. En vez de eso, cura. Trabaja incansablemente, noche tras noche, marea tras marea, tejiendo de vuelta los hilos rasgados, cantando canciones de regeneración para las raíces heridas, bendiciendo las aguas contaminadas hasta que recuperen su pureza.

Y cuando necesita ayuda  cuando las heridas son demasiado profundas para curar solo convoca a los seres encantados de Maya.

Cada criatura escogida por el Caboclo recibe el mismo regalo: un fragmento de su poder, una gota de su savia encantada, un hilo de su conciencia ancestral. Y cada una, al completar su misión, deja algo de él a cambio  una memoria nueva, una perspectiva diferente, una lección aprendida. Así el Caboclo crece, no en tamaño, sino en sabiduría, alimentado por las experiencias de todos aquellos que sirvieron a Maya a través de él.

Dicen los pescadores más viejos  aquellos cuyas barbas son blancas como espuma del mar y cuyos ojos vieron más lunas llenas de las que pueden contar  que el Caboclo de Maya puede asumir muchas formas.

A veces aparece como un viejo pescador de piel curtida por el sol y la sal, remendando redes en la playa mientras ofrece consejos enigmáticos para quien tiene oídos para oír. Otras veces es visto como un niño de ojos verde agua, corriendo descalzo por las dunas, riendo con voz que suena como olas rompiendo. Hay quien jura haberlo encontrado en la forma de una garza gigantesca de plumas grises, parada inmóvil en las aguas bajas, observando todo con inteligencia que ninguna ave debería poseer.

Pero su forma verdadera  aquella que asume cuando está solo, cuando piensa que nadie está mirando  es la más impresionante: un ser alto como los árboles más antiguos, con piel que cambia de textura como las mareas, ora escamas, ora corteza, ora agua corriente. Sus ojos contienen galaxias verdes girando en espirales lentas. Sus dedos son ramas vivas de donde brotan hojas que nunca se marchitan. De su boca, cuando habla, salen no apenas palabras sino también pequeñas burbujas luminosas que flotan y explotan silenciosamente, liberando fragmentos de sabiduría ancestral en el aire.

Y cuando camina en esa forma verdadera, la propia isla se inclina en reverencia. Los árboles inclinan sus copas, las aguas se aquietan en respeto, los vientos suavizan su furia. Hasta el Sol y la Luna  aquellos eternos rivales  hacen una pausa en su danza infinita para reconocer su presencia.

Pero hay un misterio que ni los más sabios consiguen descifrar: el Caboclo de Maya no está siempre despierto. Una vez cada siete años, cuando las constelaciones se alinean de forma específica y las mareas alcanzan su altura más baja en siglos, el Caboclo entra en sueño profundo. Se acuesta en el centro del manglar sagrado, cierra los ojos de galaxias verdes, y permite que su cuerpo se disuelva lentamente de vuelta hacia la tierra y el agua que lo formaron hasta llegar a su morada que está en la Piedra Llorona.

Durante ese sueño que dura exactos siete días y siete noches, Mayandeua queda vulnerable. Los secretos líquidos quedan sin guardián, juntamente en los Portales de Maya. Los Siete Guardianes de los Umbrales  incluyendo el Pez Piña  intensifican su vigilancia, pero hay siempre brechas, siempre sombras donde cosas que no deberían existir intentan infiltrarse.

Es en esos momentos que espíritus hambrientos del mar profundo intentan invadir las aguas bajas. Es cuando las Hechiceras aprovechan para tejer sus trampas más elaboradas. Es cuando la propia isla tiembla, incierta, como niña que perdió de vista a su madre en la multitud. Pero siempre, siempre, en el amanecer del octavo día, el Caboclo retorna. Más fuerte, más sabio, renovado. Él emerge no del manglar donde se acostó, sino del propio horizonte  caminando sobre las aguas al nacer el sol, trayendo consigo el olor de tierras distantes y sueños olvidados. Porque durante su sueño, el Caboclo viaja. Su espíritu desencarnado vaga por otras islas, otros mares, otros mundos. Aprende con los guardianes de lugares distantes, intercambia secretos con espíritus de otras tierras, colecta conocimientos que trae de vuelta para enriquecer a Mayandeua. Retorna cargado de nuevas magias, nuevos encantamientos, nuevas formas de proteger y curar.

Y los habitantes de Maya  tanto los comunes como los encantados  respiran aliviados cuando ven su figura alta en el horizonte del octavo día, caminando sobre espuma brillante, con algas nuevas en los cabellos y conchas extrañas colgadas en su cuello. Hay también momentos de alegría pura en el corazón del Caboclo.

Cuando una nueva criatura nace en Maya  sea pez, pájaro o cangrejo  él siente el pulso de aquella nueva vida como música en su alma. Cuando la primera lluvia tras larga sequía finalmente cae, danza, y su danza hace que los árboles florezcan fuera de estación. Cuando dos seres se encuentran en amor verdadero en las playas de Maya, sopla vientos suaves que llevan bendiciones perfumadas. Y en las noches de luna llena, cuando la marea sube al máximo y las estrellas se reflejan en las aguas calmas, el Caboclo sube a la cima de la duna más alta  no la ancestral donde el Pez Piña mantiene guardia, sino otra, la Duna de los Cantos (Cerca del Faro Viejo)  y allí, canta.

Su voz no es humana. Es el sonido del océano hablando a través de garganta de hombre. Es el coro de mil criaturas marinas armonizando a través de un único cuerpo. Es música que existía antes de existir música, ritmo que latía antes de existir corazones. Y cuando canta, cosas extraordinarias suceden. Las estrellas pulsan en el ritmo de su melodía. Los peces saltan de las aguas en coreografías imposibles. Los árboles se balancean aun sin viento. Y aquellos pocos humanos que tienen el privilegio de oír  pescadores antiguos, niños puros, o viajeros con almas abiertas  sienten algo despertar dentro de ellos: el recuerdo olvidado de que ya fueron parte del océano, de que cargan sal ancestral en la sangre, de que son ellos mismos fragmentos vivos del misterio que permea toda existencia.

El canto del Caboclo no tiene palabras, pero cuenta historias. Narra el nacimiento de Maya cuando aún era apenas un banco de arena testarudo negándose a ser engullido por las olas. Canta la llegada de los primeros manglares, semillas viajeras que navegaron océanos enteros para encontrar casa. Lamenta las pérdidas  cada árbol caído, cada criatura extinta, cada secreto olvidado. Y celebra las victorias  cada amanecer presenciado, cada tempestad sobrevivida, cada nuevo ser que escoge Maya como hogar.

Y cuando termina  siempre al romper el alba  se disuelve en niebla verde que se esparce sobre la isla entera como bendición silenciosa, nutriendo cada hoja, cada grano de arena, cada gota de agua con un fragmento renovado de su amor infinito por aquella tierra encantada. Porque eso es lo que el Caboclo de Maya fundamentalmente es: amor transformado en guardián, cuidado manifiesto en forma que camina, devoción tan profunda que ganó conciencia propia.

Él no protege a Maya por deber, sino por naturaleza. No la cura por obligación, sino por instinto. No podría dejar de cuidar de la isla así como el océano no podría dejar de tener olas, o el cielo dejar de contener nubes. Y mientras haya un grano de arena en Maya, mientras una única ola toque sus playas, mientras un hilo de brisa atraviese sus manglares  el Caboclo estará allí.

Caminando sin hacer ruido.

Curando sin ser visto.

Guardando secretos que son más antiguos que el tiempo.

Tejiendo magias que sostienen la frontera tenue entre el mundo común y el reino encantado.

Siendo el puente vivo entre lo que es y lo que podría ser.

— Así es, así fue, así será. El Caboclo de Maya, espíritu de las aguas encantadas, guardián de los secretos líquidos, tejedor de misterios, protector eterno de la isla que lo soñó para existencia tanto como él soñó la isla para permanencia.

— Así narró Primolius, que bebió de esta historia en las aguas sagradas, que la oyó en el susurro de las hojas, que la vio escrita en las espumas de las olas en noches de luna y magia.


FIM

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Projeto Literário e Musical Primolius N° 0964

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